“Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.” Juan 8:12

En el principio de la Creación, era necesario que se evidenciara la luz para que se diera testimonio de todo lo creado, mostrando el caos que había en la Tierra y la necesidad de un Creador. La luz en el principio era la luz de Jesucristo.

La luz es necesaria para que haya vida, por eso en el principio la luz fue lo primero en evidenciarse, por que solo después de la luz, comenzó la vida en el génesis, y solo después de recibir la luz de Cristo podemos comenzar a caminar en novedad de vida y ser hechos hijos de Dios.

Así como la luz reveló el caos y el desorden de la Tierra, sólo la luz de Cristo puede revelar la gran suciedad en que nos encontramos por el pecado qué hay en nuestras vidas. Y así como la luz comenzó a producir en la Tierra orden, autoridad, equilibrio, paz, gozo y vida, del mismo modo, cuando la luz de Cristo se manifiesta en nosotros, se deja ver el caos de nuestra alma, de nuestra maldad, dándonos la oportunidad de recibir perdón de nuestros pecados y se proyecta para traer todos los beneficios de la regeneración que trajo a la tierra en los días de su creación.

A quien se le ha revelado la luz verdadera podrá ser consciente de su necesidad y al permitir que esta nos inunde, podremos recibir orden, equilibrio, justicia, paz, gozo, y al final, plenitud y vida eterna.

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, vino a este mundo. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios;” Juan 1:1-5, 9-12